La toma de conciencia en la competitividad

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Yolanda Cañizares Gil
Coach y Facilitadora en el Instituto de Empresa

 


Dado mi corte y dedicación humanista, la expresión “competitividad en la empresa” me lleva a reflexionar sobre las personas que componen la organización y su capacidad de optimizar los recursos de los que disponen – personales o proporcionados por la empresa – para alcanzar los objetivos de su rol profesional y con ello, realizar su mejor aportación a los objetivos globales de la empresa.

Con los errores que la generalización conlleva, me atrevo a decir que a día de hoy las empresas están compuestas por profesionales bien dotados de conocimientos y experiencia que validan su categoría como profesional. Ahora, en mi experiencia de intervención en las organizaciones, muchos de esos profesionales están limitados a formas de decisión lineales, amparadas en parámetros sumatorios que dan un determinado resultado. Es decir, 1+1=2, sin contemplar la posibilidad de las infinitas fórmulas que me llevan al mismo resultado.

Estamos acostumbrados a combinar nuestras capacidades de la misma forma -automatismos- porque así es cómo construimos nuestra identidad. Con ello tenemos el beneficio de la rapidez y la seguridad que nos proporciona la previsibilidad, aunque el resultado no sea el que queremos. Pero como consecuencia también, tenemos una pérdida de capacidad en realizar una revisión de cuál es la mejor combinación de capacidades y/o recursos internos/externos que puedo realizar ante esta situación determinada, que no es exactamente igual que la anterior…

Dicho de otra forma, ante un mercado en incertidumbre, con pocos parámetros (o ninguno) a los que aferrarse como garantía de éxito, necesitamos poner en marcha toda la flexibilidad de la que somos capaces, para intervenir de forma óptima en cada acción que realizamos en nuestro puesto de trabajo: a nivel técnico, funcional, estratégico o relacional.

La clave de esta flexibilidad reside en la toma de conciencia, es decir, en la consciencia de la capacidad de elegir los qué, los cómos, los cuándos, los cuántos… de las situaciones que vivo, con independencia a la ejecución en automático de los patrones que me representan. La dificultad reside en el fuerte apego que tenemos a la imagen que representamos… cuando lo más eficiente es apegarse a la capacidad que tenemos, pero no estamos enseñados a ello.

La toma de conciencia de esta capacidad es uno de los principales retos que los líderes de equipos tienen, en su responsabilidad de desarrollarlos, por lo que si pensamos en la competitividad en la empresa, es imprescindible dotarla de líderes de equipos (que no directivos tradicionales) que sean conscientes de que una parte fundamental de su responsabilidad es apoyar a su gente a desarrollarse, a ampliar su conciencia de sí mismos para dar respuestas diferentes en mercados cambiantes, a capitalizar los aprendizajes individuales y de equipo, a atreverse a explorarse más allá de su zona de comodidad, en definitiva, a no poner el foco en la forma si no en la optimización, construyendo una cultura de eficiencia en el equipo.

A modo de ejemplo, quiero apoyarme en la definición que Richard Boyatzis nos ofrece de COMPETENCIA: “Conjunto de conductas relacionadas, en torno a un constructo subyacente llamado la intención, que distingue un rendimiento eficaz.”

De manera que si somos capaces de enfocarnos con claridad a la intención – objetivos - y definimos la eficiencia como base, sólo nos quedaría darnos la libertad de que nuestros recursos (habilidades, capacidades…) se alinearan y produjeran las conductas que me facilitarían conseguir esos resultados.

Resulta que estamos enseñados a manejarnos justamente de forma opuesta, es decir, ante una situación determinada diseño estrategias conductuales de actuación y me enfoco a cumplir estas estrategias, más que a conseguir la intención... con la consecuencia de no permitir que mis recursos puedan alinearse con mi objetivo para producir las conductas adecuadas.

Si a esto le añadimos las interferencias que tenemos del entorno (por parte de las personas - opiniones, críticas, evaluaciones, intenciones – o por parte de las circunstancias – mercado, competencia, financiación), el resultado es que me paso la jornada laboral produciendo actuaciones configuradas por años de educación y que responden a una imagen determinada de mí, más que poniendo en movimiento todas mis capacidades y recursos para alcanzar los objetivos que la organización necesita, aportando el mejor valor que puedo dar.

Somos mucho más capaces de lo que nos sabemos. Desarrollar equipos de forma dimensional y no lineal, enfocando con claridad la intención y desarrollando una cultura de eficiencia, permite extraer su mejor valor y participación a su rol, facilitando a la empresa la mejora en su competitividad.


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