La fórmula magistral de la competitividad

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Fran Gutiérrez
Fundador
Cegos Deployment

 


Imagen Fran Gutierez

Colaborado con empresas en proyectos de rediseño en el ámbito estratégico, independiente de su dimensión, carácter o sector, en las primeras reuniones de trabajo con sus directivos siempre se suscita la misma cuestión: ¿cómo mejoramos la competitividad?

Siempre la misma pregunta, como si tuvieran la esperanza que alguien externo y recién llegado pudiera proporcionarles la fórmula magistral de la competitividad. La pregunta es simple, pero mi respuesta durante muchos años fue más simple todavía: ¡depende!

A la menor oportunidad era yo quién regresaba a la misma cuestión, pero dirigida esta vez personalmente a los responsables de las diferentes áreas de la organización: ¿cuáles crees que son desde tu perspectiva departamental vuestros principales problemas de competitividad?

He coleccionado una gran variedad de opiniones de sus propias debilidades, que en gran medida se repetían en todas las empresas. Una muestra de sus comentarios comunes más frecuentes:

  • Plantilla sobredimensionada, edad avanzada, escaso liderazgo, pobre motivación y clima laboral.
  • Sin recursos para invertir en tecnológica e innovación de nuestra cartera.
  • Organización compleja con estructura de costes elevada.
  • Planificación débil y poca capacidad de reacción a cambios.
  • Quejas y reclamaciones sobre problemas de calidad.
  • Bajo nivel de comunicación y colaboración entre los departamentos.
  • Escasa visibilidad de marca, sin reputación y notoriedad para abordar nuevos mercados.

Un diagnostico similar donde se mezclan causas y efectos, es aplicable a la mayoría de empresas con dificultades de competitividad, pero aunque todas las organizaciones pueden y deben adoptar acciones concretas y constantes para mejorar (costes, planificación, motivación, procesos, calidad o innovación), cuando estas medidas se implementan independientes, no de forma integrada, la mejora en la potencia competitiva que se consigue no es relevante ni sostenible.

Cuando una empresa ha llegado a asumir la criticidad de su falta de competitividad, o ya es demasiado tarde para reinventarse, o necesariamente debe abordar con urgencia un ambicioso proyecto de cambio que la transforme y reposicione.

Una solución global y drástica de este tipo se plantea pocas veces por debilidad en liderazgo de la organización, y simplemente se suelen aplicar terapias parciales poco agresivas que no resuelve la raíz del problema. Se mejoran ciertos síntomas, pero no se elimina la enfermedad.

La falta de competitividad es un problema más profundo, pero el temor al riesgo de cambiar lo conocido y que en el pasado había funcionado, atenaza a los directivos anclados en su zona de comodidad, conscientes probablemente de que el cambio debe comenzar por ellos mismos. Al final, se deciden por el esparadrapo y la aspirina frente a la cirugía, desaprovechando una gran oportunidad.

No puedo en estas breves líneas abordar cómo debería desarrollarse un proyecto de transformación para potenciar la competitividad de una empresa, entre otras razones, porque cada organización es distinta y debería diseñarlo según sus propias circunstancias y singularidades, no obstante, sí que me atrevo a concluir con una recomendación para los directivos que deciden enfrentarse a este apasionante reto.

Todo proyecto de cambio se debe construir con  la única ecuación que se ha mostrado efectiva para garantiza la competitividad sostenible:

Reconozco que no es fácil aplicar esta ecuación, pero muchas empresas que todos conocemos lo han conseguido, y por eso hoy,  transcurridos ya muchos años de oficio, cuando en una nueva empresa me plantean la misma cuestión de siempre: ¿cómo mejoramos la competitividad?,  ya no respondo ¡depende!,… simplemente les planteo esta recomendación como la única fórmula magistral de la competitividad en la que creo.


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