Cambiar las reglas del cambio para aumentar la competitividad

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Pedro Meireles Sobral
Director de CASO - Consultoría Estratégica y Comunicación
Co-autor de “Trabajo en Alta Performance” y coordinador del equipo TAP


 

 

Puede parecer sorprendente que empecemos a hablar de cambio introduciendo el concepto de regla o de norma. Sin embargo el cambio no tiene por qué ser un fenómeno aleatorio; para empezar podemos hacer la distinción entre, al menos, dos tipos de cambio: el cambio adaptativo y el cambio innovador

De una forma general, lo que impulsa el cambio es la desviación de algo con respecto a alguna norma que se altera. Si algo se sale de una convención racional que asumimos como “normal”, lo que ya por sí mismo ha constituido un cambio, necesitamos de cambiar otra vez para reponer la “normalidad”. En este caso, el cambio deseado se verifica mediante la aplicación de lo contrario de lo que produjo la desviación inicial. Podemos entonces considerar que éste es un cambio que conseguimos por vía adaptativa como por ejemplo: encender la calefacción si se ha enfriado el ambiente o activar el aire acondicionado si el ambiente se ha calentado. En este tipo de casos, incluso con carácter más complejo, es válida la regla de reponer la normalidad, y generalmente funciona. Si por acaso no obtuviésemos los resultados que pretendemos con la primera acción, la aplicación de “más de lo mismo” da eventualmente lugar al efecto que deseamos. Y tenemos más una regla, ésta ya peligrosa en ciertos casos, que estamos acostumbrados a seguir: volver a aplicar con más insistencia y ahínco lo que se supone que debería haber funcionado

Lidiar con la incertidumbre, como característica intrínseca de la evolución en los sistemas de organización de cualquier índole, establece la necesidad de disponer de herramientas que faciliten el cambio y que nos permitan optar entre la vía adaptativa o la vía innovadora para evolucionar continuamente, optimizando los recursos (Meireles, Ortega, Bautista, 2015). Tales herramientas deberán estar enfocadas al trabajo de alta performance, o alto rendimiento, especialmente para superar dificultades y evitar bloqueos en situaciones complejas de máxima exigencia.

Independientemente de la vía de cambio que elijamos, ya sea porque nos es suficiente con adaptarnos a los cambios del entorno, o porque pretendemos trabajar en alta performance y aumentar nuestra competitividad eligiendo los cambios que queremos implementar para diferenciarnos de la competencia, lo que también se conoce como innovación, es fundamental dedicar una buena parte de nuestra atención a un tipo de entrenamiento poco tradicional al cual, también tradicionalmente, no solemos atribuir gran importancia: “aprender a cambiar las reglas del cambio”.

Todos hablamos de innovar, de ser más competitivos, pero pocos nos enfocamos verdaderamente a profundizar en las disciplinas del cambio. Sabemos que existe un importante fenómeno que acaba por constituir la más potente e inflexible regla: la famosa resistencia al cambio. Esta “regla”, siendo un fenómeno auto-sostenible, se ha revelado tan poderosa que, en las últimas décadas, ha contribuido a una floja atención mediática y académica sobre el tema del cambio. La consecuencia inmediata viene siendo un excesivo destaque para los enfoques teóricos que se basan en potenciar casi exclusivamente las fortalezas; desafortunadamente la cultura del esfuerzo para cambiar lo que sostiene las debilidades parece estar pasando de moda. Y todo esto parece estar caminando hacia el establecimiento de una nueva regla peligrosa e inflexible: “trabajar en lo más fácil de desarrollar, obviando lo negativo”.   

De esta forma nos estamos arriesgando a caer en la “trampa del más de lo mismo”, como designaban Paul Watzlawick y sus colegas de la Escuela de Palo Alto, la insistencia en los intentos de solución que no funcionan y que además contribuyen para mantener o empeorar las situaciones indeseables. Resulta sorprendente, pero muy acorde con la “normalidad” humana, que a pesar de las evidencias, de los inúmeros aforismos y dichos populares que nos advierten, persigamos el objetivo de obtener resultados diferentes y mejores sin cambiar la forma de actuar. Sería ya una gran osadía, y tal vez considerada una herejía en los días de hoy, pretender proponer que, para el mismo objetivo, se cambiara la forma de pensar.

Quizá sea más prudente y sensato sugerir el aprendizaje y entrenamiento de diferentes modalidades de pensamiento, para que cada uno pueda adquirir la libertad de decidir, en cada momento y de forma estratégica, si cambiar, o no cambiar. Es posible, y muy probable, que este ejercicio de flexibilidad para evitar los condicionamientos teórico-normativos y dotarnos de nuevas técnicas y herramientas, nos ayude a ampliar las perspectivas y nos permita superar los niveles de eficacia y de eficiencia para incrementar la tan deseada competitividad.


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